Sábado en el Parc de l’Oreneta

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Sofía is kidding. Sofía bromea. O chiquillea.

Se lo dice la mamá a la niñera. La mamá es rubia, alta, espigada. Viste una camiseta holgada, blanca, y tejanos; le miro el escote y las tetas cuando se inclina sobre la mesa a recoger los vasos y las latas vacías. Se los da a la aya y esta los tira a la papelera. La niñera es filipina, o indonesia, mayor, de pelo medio cano, escuálida. Habla en inglés, antes la he oído mientras pastoreaba a la niña (Sofía).

La rubia se va. Le he mirado las tetas y no tengo reparos en mirarle el culo, un culo alto y bien enfundado en sus tejanos azules. Calza deportivas. Detrás de ella camina como dando saltitos la filipina. Llaman a la niña que está jugando en el recinto de los columpios y se van las tres, la madre, la niña Sofía y la niñera.

Pido otra cerveza y la saboreo. Saboreo el sol y el olor de pinaza. Algarrobos, encinas, madroños, durillos y señoriales pinos piñoneros. Una mujer, también rubia, lee en una mesa cercana. Dos niños juegan con siderales pistolas y se persiguen y gritan por la arboleda. Cuando tienen sed vienen a ver a la madre, beben un trago de refresco y vuelven a perderse y solo se les oye a ratos, lejanos. La madre sigue leyendo.

Sobre la mesa quedan los restos arrugados de una bolsa de patatas, las dos latas vacías de cerveza y una botella azul de agua. Y mi vaso de plástico mediado de rubia cerveza, casi sin espuma ya. He de beberla antes de que se convierta en una meada de gato tibia. Aunque el sol es recio, la brisa logra refrescar.

A lo lejos, en el recinto de los juegos infantiles, los niños juegan, algunos solos, otros en cuadrilla. La algarabía llega matizada, como deshilachada, como si se hubiera enredado en la fronda de los árboles.

La padrina, de la Guerra Civil, solo recuerdo que me dijera una vez que fue horrible: Baixaven soldats morts pel riu, Segre avall.

Eso sería en mayo del 38, cuando se combatió en torno a Balaguer y, concretamente, durante la batalla del Merengue, una cota que no fue reconquistada por los republicanos y alrededor de la cual se luchó mucho, con mucha mortandad. Los fascistas abrieron entonces las compuertas de los pantanos, hicieron crecer el Segre y es posible que el río, desmadrado, se llevara a los caídos. Que van a dar a la mar.

Ningún carro de la Nueve se llamaba “El Merengue”. Hubiese sido un nombre ridículo para un tanque.

La 9ème Compagnie (alias la Nueve, así, en castellano) de la 2ème Division Blindée (2DB) del ejército francés estaba constituida principalmente por republicanos que había decidido proseguir la lucha contra el fascismo tras la Guerra Civil. Sus blindados llevaban los nombres de batallas. “Teruel”, “Guadalajara”, “Jarama”, “Belchite”… Fueron los primeros soldados aliados en liberar París. Eran republicanos españoles. Era agosto del 44. Avanzaron hasta el Parvis de Notre Dame y allí se instalaron a pasar la noche esperando que llegaran las avanzadillas del 3er Ejército Americano (General Patton); llegaron al día siguiente.

Esa misma noche, sin que lo supieran los de la Nueve (ni Patton), en un jeep, Hemingway con algún compinche más se adelantó a las tropas de vanguardia americanas y entró en tromba hacia su objetivo. Él solo liberó el bar del Ritz en Place Vendôme.

En aquellos salones lujosos del Ritz de entreguerras coincidieron una vez James Joyce y Marcel Proust. Hablaron poco o nada durante la velada, pero compartieron taxi luego para volver a sus respectivos domicilios. En la apretura del taxi se confesaron mutuamente desconocer la obra del otro.

Estoy por pedir otra cerveza. Pero no lo hago. Me recreo en los verdes  alimonados de la pineda, en las manchas de luz solar, en el sosiego vivo del parque, en el piar de los pájaros. La ciudad queda lejos, aunque no hayamos salido de ella. Bosque mediterráneo entre los viales periféricos y los cuadriculados asfaltos de Barcelona: bosque seco, chétif, escaso.

Hace una semana recorría la forêt de Soignes, a las afueras de Bruselas. ¡Qué mundos tan diferentes! Hayas catedralicias, robles medievales, sotobosques mullidos, estanques, riachuelos, senderos mareados, extraviados en la densidad del bosque. Patos y pollas de agua reposando sobre tocones cubiertos de musgo. Bosque continental. Y la lluvia fina siempre a punto de caer. O cayendo.

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