Alma nómada, el tiempo vuela

¿Y si he estado errado (y errando) todo este trecho para al cabo descubrir, en un recodo del camino, detrás de la retama en flor primaveral, o entre los nudosos troncos del olivar de invierno, descubrir que no es el espacio sino el tiempo, el implacable, el inexorable tiempo lo que importa?

Me hierve la sangre de recuerdos que son ecos de deseos, ascuas que el recuerdo aviva, inflama. Ascuas que creí extintas en los atardeceres lánguidos de la bonanza apacible del té de media tarde. Ahora se yerguen enhiestos, vivaces (detallados, jugosos, coloridos, fragantes).

Acaso sean solo mojones que me atan a mí mismo, hitos que señalan el origen del hoy y quisieran marcar el camino hacia el futuro sin saber adonde van.

Me quedo con el hervor. Me quedo con el calorcito epidérmico, el sonrojo de la memoria, la salazón herrumbrosa, la suavidad del misterio, el rizado origen de las preguntas, el gesto seco de lo inevitable cuando dejas de pensar, cuando eres. Y me quedo con la sonrisa que se asoma a la puerta para franquearte cobijo después de tres horas de coche; me quedo con el palique a media luz y un rincón del armario para una muda, porque nunca se sabe.

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