Cimitero delle Fontanelle

skulls

El viajero se dispone, de nuevo y sin remedio, a zarpar.

Imprime los boarding passes, revisa notas, busca muestras, prepara y recopila listini y apuntes. Cargador de esto y de aquello. La ropa, veraniega; las gafas de sol. La maleta que llevará, los libros que le acompañarán, los días por delante.

Un domingo entero esperando las visitas del lunes. Un domingo en Nápoles. Caerá el Museo Arqueológico, sin duda. Y se acercará el viajero al osario de las Fuentecillas.

Con, en las manos, unos versos antiguos, del terruño:

Suave, mari magno turbantibus aequora ventis
e terra magnum alterius spectare laborem;
non quia vexari quemquamst iucunda voluptas,
sed quibus ipse malis careas quia cernere suavest.
suave etiam belli certamina magna tueri
per campos instructa tua sine parte pericli.

Domingo al sol. Al sol de Herculano, de Pompeya, de Cumes, de Nápoles, de Capri y Pozzuoli. Nuestro sol. El de todos, el que también vieron los titulares de las calaveras, de las pelvis, de los costillares, de los huesos menudos (carpios y metacarpios, tarsos y metatarsos, calcáneos) que se muestran en el osario delle Fontanelle junto a huesos largos y huesos planos.

És agradable, sí, desde la seguridad, ver la tribulación ajena. Desde el coche dejar atrás, en la cuneta, al coche rojo, ese rojo desaliñado por muchas aceras asoladas, con adhesivos que el paso del tiempo encoge en sus bordes y que celebran pasadas olimpiadas de cuando el coche se estrenó, y cuya culata, hoy, ha reventado. Es agradable (o por mejor decir: tranquilizador, anodino), desde la higiénica (profiláctica) distancia que imponen las pantallas, saber que se desmonronan (deshacen, borran, se degradan y entierran) las fronteras del Oriente Medio que Sykes y Picot trazaron en tiempos del Coronel Lawrence. Es agradable, desde la nómina ingresada sin falta antes de final de mes, sentarse a tomar un Negroni (un tercio de campari, un tercio de ginebra, un tercio de vermú, con un twist de naranja y un par de hielos tintineantes limpiamente) en una terraza a sol-y-sombra. Es suave el alivio, sí, de constatar que sale agua del grifo cuando accionamos su manilla. Es un alivio comprobar que un año más, y son ya cuarenta y cinco los míos, hemos llegado al verano con ganas de bebérnoslo a sorbitos refrescantes.

El mismo verano de todos los veranos. La misma luz. La de Atenas, la de Argel, la de Marsella, la de Tarragona, la de Beirut.

Recorrerá el viajero las callejuelas de Nápoles, subirá cuestas, se sentará en las terrazas. Abrirá el libro que lleva y retomará la lectura de Lucrecio. Y mirará en derredor buscando captar (capire) la apariencia y la verdad de lo que hay (“naturae species ratioque“), para luego contarlo.

¡No es poco empeño!

El viajero se da cuenta enseguida (mientras daba cursiva a la cita de Lucrecio) de la vanidad de la intención, de su magnitud: dar cuenta de la apariencia y de la verdad de cuanto existe. Imposible. Imposible… Nos limitaremos, pues, a contarlo. Como se pueda, con los tropezones y trompicones que ni faltarán ni evitaremos.

Y frente a las calaveras ordenaditas del osario napolitano susurraremos “Sic transit…”

 

 

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