Nápoles, sexo y muerte

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El viajero al llegar deposita las maletas en la recepción, es pronto para ocupar la habitación. Coge lo necesario y se echa al monte, a las calles, a los callejones, a las plazas de Nápoles, y desde el puerto sube arriba hasta el cementerio de las Fuentecillas. Es domingo. Salvo un mercadillo callejero y los acostumbrados turistas ramoneando por cuatro calles, la ciudad muestra su apacible suciedad, su desorden porciolesco, sus aires espesos de basura a 30 grados. El sol del mediodía, alto, pinta de luz los desconchados, las abolladuras, los cúmulos de polvo, de papeles, de detritos, que se apelmazan en los rincones. Destellan algunos charcos en las calzadas, corre el agua por las escorrentías, sucia, sigilosa, como una serpiente.

Los napolitanos manejan sus motos, ligeras y ruidosas, con soltura de cuatreros. Y en ellas pasean a la familia, a la prima, al hijo, a la mujer que lleva un bebé en brazos. Melenas y calvas al viento. Pocos llevan casco. Hace calor, mucho calor.

El mercadillo de via Fontanelle está ya liquidando sus abastos, recogiendo lonas, cargando camionetas, despidiendo al personal. Es la misma banda sonora del Mercat dels Encants a Barcelona, el mismo olor que en el Mercadal de Balaguer, a fruta caliente, a verdura pisoteada, a ropa sin estrenar. Los mismos mercados a un lado y otro del Mediterráneo: Beirut, Argel, Marsella, Livorno, Atenas…

Llego al osario.

fontaEn una abrupta ladera se abre una caverna. Diríase una mina. El viajero se adentra en ella. Las paredes, de nuda piedra, se alzan altas. Contra ellas huesos formando montones alineados coronados por calaveras. muchas calaveras. Todas las calaveras. De menores, de bebés, de adultos, de viejos. De hombres y mujeres: calaveras, calaveras sobre pilas de fémures y húmeros y tibias y costillas. Calaveras grises, polvorientas, algunas  ya con verdín que de la pared las tiñe de musgo y las corroe, algunas deshechas, desmontadas, casi todas desdentadas, todas ojipláticas, todas calladas y desnarigadas, calaveras calaveras, una y otra y otra pila de calaveras en silencio.

Son vecinos de Nápoles. Víctimas de epidemias, de matanzas, de la edad; víctimas de la vida, sin más. Muertos cuyo patio de vecindad, una vez muertos, fue recalificado (que si una avenida, que si una plaza, que si un palazzo). ¿Y con ellos qué hacemos? Pues allá irán, dijeron, a las grutas de Fontanelle. Y aquí las ve el viajero.

Del osario se deja caer luego el viajero hasta el Museo Arqueológico. Se deleita ante el mosaico de Alejandro venciendo al Rey de Reyes persa, Darío (Batalla de Issos, o de Gaugamela, quien sabe). Se deleita en el gabinete secreto, donde las obscenidades romanas eran reunidas y ahora se exhiben con solo un pasquín (mal pegado en la puerta) que advierte que algunos contenidos pueden herir algunas sensibilidades. Penes, vulvas, rameras, faunos, hetairas, cópulas, sátiros, ex-votos, threesomes, posturas acrobáticas y otras banales. Lo de siempre. Poco ha cambiado. En vez de los pixels de Xhamster o Redtube o Petardas.com arcilla, bronce, mármol, frescos. El contenido, sin embargo, es el mismo.

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Aunque quizás un fauno beneficiándose a una cabra excede un tanto nuestros gustos de hoy. Todo hay que decirlo.

Recorro las galerías que están abiertas, que no son todas. Me extasío ante el zoológico de mosaicos, panteras, leones, peces, cocodrilos, pulpos. Me quedo sin poder ver la que está dedicada a la Villa de los Papiros, que era mi principal interés. En ella se han descubierto, además de preciosas estatuas y bustos magníficos, rollos de papiros que el Vesubio enterró bajo su ceniza. Era la biblioteca de un cenáculo epicúreo.

Y mientras en la plaza Dante, al salir del Museo, como y bebo, ligo las calaveras con las escenas de sexo. Se me atraganta el acqua gazzata.

Todas aquellas calaveras fueron leones y panteras. Ahora polvo –y atracción de morbosos. Tenían nombres, deseos, vida, sueños, dolores, alegrías; son hoy huesos, no son nada.

El Tetrapharmakon de Epicuro dice que no hay que temer a la muerte. La muerte no existe cuando uno está vivo; uno no existe ya cuando está muerto. Cierto.

Mas ver, al mediodía, los miles de calaveras delle Fontanelle y luego, a las tres, las escenas de sexo pompeyanas…

Confúndese el viajero.

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Una respuesta a “Nápoles, sexo y muerte

  1. oooh que interesante :))

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