El chino que lee

Ignoro el origen de la imagen. La tengo, sin embargo, metida en la cabeza. Intento, en vano, establecer pautas de su emergencia. Me pregunto si es una imagen que aparece en momentos de crisis, en ratos de ocio aburrido o cuando respiro tras un día de estrés. No he logrado saber a qué obedece el hecho de no lograr olvidar esta imagen. En realidad, si la observo con atención la imagen es un tanto inconsistente, hasta el punto de creer que jamás la he visto, y que temo ni siquiera exista, sino que la construyo en cada rememoración.

El chino que lee no tiene cara, y se sabe que es chino (o sé que es chino) por su atuendo, el blusón de seda, por las coletas y el birrete, sus ojos rasgados, sus anchos pantalones de seda estampada, y las sandalias o babuchas que calzan los chinos (y cuyas formas, en realidad, ignoro). El chino que lee está de pie, en una fila de gente, hace cola. Delante de él hay chinos, y otros chinos le siguen. El chino que lee lleva la cabeza gacha y los ojos clavados en el libro que está leyendo. El chino que lee, sin levantar la vista, va avanzando a pasitos según avanzan los que van por delante de él. Tampoco parece estar atento al ambiente que le rodea en el patio cerrado por una tapia; el chino lee.

La fila avanza lentamente. Siempre hay un primero de la fila que se acerca al estrado, o le suben a él a la fuerza, con tirones y empujones (hay gritos, tensión, sollozos, órdenes, aunque nuestro chino que lee no los oye, no los ve, enajenado como está por su lectura). El primero de la fila se arrodilla, humilla el tronco, estira el cuello, y su cuello es cortado, su cabeza cae, y ya no es el primero de la fila (sino que solo es un cuerpo que alguien aparta de malas maneras y suma al montón de cuerpos decapitados que le han precedido) y toda la fila avanza uno o dos pasitos, y el chino que lee avanza también un par de pasos cortos, y gira una página.

Esta es la imagen, en blanco y negro, o la secuencia, granulosa, temblorosa, que no logro sacarme de la cabeza.

Un condenado chino que se encamina hacia el cadalso leyendo un libro que jamás terminará.

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