Moaz

No voy a tener pesadillas viendo cómo arde.

*   *   *

Cuando aterricé en El Prat  encendí los teléfonos. Mientras esperaba las maletas, y luego en el taxi que me llevaba a casa tras diez días de viaje repasé los titulares de prensa.

Varias bombas habían estallado en Giza, a las afueras del Cairo. Ayer tuve yo reuniones ahí y en Mohandeseen, no lejos. Un policía murió y hubo un par de docenas de heridos. Leí la noticia en el New York Times. Cuatro bombas es poca cosa; no son noticia. No alcanzó su estruendo a los noticiarios de la noche. En realidad yo tampoco oí nada; mientras explotaban simultáneamente esas bombas yo iba hacia el aeropuerto del Cairo.

Estaba cansado tras más de una semana recorriendo Oriente Medio. Reuniones, taxis, esperas, aviones, cenas…

Tenía ganas de volver, de meterme en mi cama y en mi bañera y no salir de mi casa en varios días.

Agorafobia y misantropía. Un punto misógino también.

Llegué, vacié la maleta, llené la bañera, me alivié la lujuria con un pase de manos, me metí en el agua caliente y jabonosa y lié un porro que fumé antes de meterme en la cama. Agradecí el juego de sábanas limpias y frescas. Antes de dormirme me pregunté qué libro estaría leyendo el chino.

Nunca lo supe, siempre quise saberlo y asumo que jamás lo sabré. Y está bien así, no pasa nada. Podré dormir perfectamente sin saber qué libro lee el chino.

*   *   *

Puedo, en cambio, imaginar que el soldado americano estaba leyendo ese momento dramático en que Eneas saca la mano del agua y la agita pidiendo ayuda tras el naufragio.

Aquella mañana de junio ocurrió que algunos lanchones de desembarco, por extravío y desorientación o por cobardía y ganas de alejarse lo antes posible de las playas y del fuego alemán que las defendía, se dio el caso, digo, que algunos lanchones abrieron su compuerta frontal antes de hora, y pelotones enteros avanzaron, saltaron al agua y en ella se hundieron. Como piedras. No pudieron, como Eneas, flotar y llamar en auxilio. Fusil, cartucheras, casco, botas, mochila, botiquines, ristras de granadas, cajas de munición… el soldado de infantería no está diseñado para flotar. Muchos hubo aquel día que se hundieron antes de alcanzar la playa. Eso se ve bien en los primeros veinte minutos de Salvar al soldado Ryan de Spielberg.

*   *   *

Cuando cumplí trece años repusieron la película que, con gran elenco actoral, se había rodado basada en el libro de Cornelius Ryan. The longest day, El día más largo, databa de 1962, y veinte años después la reponían para celebrar su modernidad (supongo, no lo sé). Yo pedí ir a verla con mis amigos el día de mi cumpleaños. Recuerdo a los hermanos Montes, a los hermanos Blanch y a Jaume Coca. Quizás también viniera mi primo Eugenio, o tal vez era primo Jaime. Recuerdo a John Wayne, herido en un pie, haciéndose llevar en una carretilla hasta la primera línea del frente. Recuerdo a los ganaderos franceses lamentándose en francés y trasegando cubos de agua para extinguir los fuegos en Sainte-Mère-Église. Me gustó que los americanos hablaran en inglés, que los alemanes lo hicieran en alemán y los franceses en su lengua.

Un oficial alemán es despertado por el fragor de la batalla y se viste deprisa para ir a su puesto de combate. No recuerdo qué pasa, pero acaba muerto en un gallinero o un establo. Recuerdo que un soldado aliado, también herido, comenta que lleva puestas las botas del revés. Un plano recorre lentamente el cadáver y se demora en las botas, efectivamente cruzadas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s