La guerra de Monsieur Poncet

Monsieur Poncet me contó que hizo la guerra con los ingenieros, en algún lugar del norte de Francia, cerca de la frontera belga. El señor Poncet me contó que quedó atrapado en los arenales de Dunkerque, y que vio cómo se salvaban los soldados ingleses pero que a ellos, a los franceses, los dejaron atrás y en manos de los alemanes. Estos le capturaron al poco tiempo y pasó el resto de la guerra en un Stalag del sur de Alemania pasando frío y matando piojos. Ah! Les poux. Madame Poncet, que había sido maestra toda su vida, cada vez que su marido mencionaba poux, añadía hibou, bijou, chou y otras palabras cuyo plural coincidía en su irregularidad.

Vivían en las afueras de Mâcon, y yo me alojé un tiempo en su casa. Recuerdo que por las tardes iba hasta una granja cercana y me iba a los prados con el hijo de la granjera a buscar un par de vacas (grandes, charolesas, solemnes) que estabulábamos cuando se ponía el sol. Luego volvía a casa de los señores Poncet y mirábamos la tele o charlábamos un rato antes de ir a dormir. Fue durante una de aquellas veladas cuando me contó su guerra de piojos. Un verano plantamos, Monsieur Poncet y yo, un abeto en el jardín de su casita.

Años después lo vi de nuevo; había crecido: medía al menos seis metros de alto.

*   *   *

En relación al chino que lee cabe preguntarse, más allá del el libro concreto objeto de su interés: ¿Antes de subir al cadalso, el chino que lee se guarda el libro? ¿Dónde? ¿En un bolsillo interior de la camisola? ¿O acaso lo entrega a alguno de los espectadores para que siga siendo de provecho? ¿O se lo arrebata de las manos el verdugo o uno de sus acólitos? ¿Quedaría alguna frase interrumpida, a media lectura?

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El sabio de Samos proponía que al dolor se le opusiera el recuerdo de momentos felices. Pero durante el tránsito hacia el no-ser los hay que prefieren, como el chino que lee, la evasión.

¿Quién fue el que se cortó las venas y vació un largo trago de vino sin aguar? ¿O me he de referir al descubridor del LSD? ¿O al autor de The doors of perception?

Malcolm Lowry es un caso extremo. En la cabaña aislada en la cual su mujer le recluyó para protegerle de su sed no había alcohol. Excepto un pote de after-shave. Se lo bebió entero un día que ella salió de compras. Murió entre vómitos.

Otro escritor, Charles Bukowski, dejó dicho: “Busca aquello que más te guste  y deja luego que eso mismo te mate del todo”.

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